Él también es un héroe

Siempre lo he admirado. No como a un héroe de la historia, aunque tenga varias medallas conquistadas con un fusil y no poco valor. Tampoco como a un vanguardia sindical, pese a las cuatro décadas en que trabajó arreglando máquinas y quedó medio sordo por el ruido de los telares.
Admiro su entrega a la familia. Para sus padres sí es una suerte de héroe que no cree en días de 24 horas ni en distancias de cientos de kilómetros, mucho menos en cargas de trabajo: siempre pudo cumplir en la fábrica, doblar turnos, hacer fogones con sus propias manos (martillando sobre ladrillos refractarios desechados), para llevar un poco de comodidades al campo donde viven sus viejos.
Pero ni siquiera se trata de eso, sino de la generosidad con quienes pudieran serle “ajenos”. Me conmueve. Solo ahora percibo que no se lo he dicho lo suficiente; en cambio, muchas veces le critico su “exceso” de desprendimiento.
A veces se pasa, me digo, pero él no tiene otro modo de ser: le carga el agua al vecino operado, sin importar que él mismo salió hace poco del quirófano, o le guarda su carrito a la cuentapropista que vende café —para que no haya de subirlo al quinto piso—, y no piensa que en el cucurucho de casa donde vive apenas tiene espacio para caminar; protesta en voz baja, pero él mismo se ofrece.
Hay una vecina que logra sacarlo de sus casillas con tantas molestias: le pide el cuchillo, sal, una latica de arroz, que le pique una piña, le cambie una goma a la bicicleta, le ruede el escaparate o le alcance una lagartija que se subió a una torre del Estadio 26 de Julio.
Rezonga y refunfuña, pero no le gusta que alguien más vaya y le diga cuatro cosas, porque ya va de camino a ofrecerle su ayuda. No hay otro apartamento al que vayan más niños, de esos sudados de tanto mataperrear, en busca de agua para calmar la sed. No hay otro teléfono que tantos conozcan su número, pese a que él no sepa sus nombres. No hay otra puerta en la que esperen tantos gatos.
Casi le han dejado la tarea de cebar el motor en la mañana, para encender la turbina, y la de hacer la caldosa del CDR. Igual le lleva las jabas a la muchacha que sube las escaleras, le cuida la bicicleta al vecino del tercer piso, le alegra la vida con una décima halagadora a una mujer en realidad no tan bella, o comparte su comida con alguien que haya llegado tarde a casa, cansado del trabajo.
Para esa heroicidad de todos los días no existen medallas ni apologías. Ni siquiera hacen falta nombres para que él y sus vecinos se reconozcan.
Pero cuando estuvo en cama, recuperándose de la operación, de aquí y de allá acudieron a saber de él, a tomar la cocina por asalto y entregarle juntas ayuda y gratitud. El mejor discurso fue una sopa de gallina; la mejor medalla, el cariño de decenas de personas.
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que le pique una piña, le cambie una goma a la bicicleta, le ruede el escaparate o le alcance una lagartija que se subió a una torre del Estadio 26 de Julio.
Rezonga y refunfuña, pero no le gusta que alguien más vaya y le diga cuatro cosas, porque ya va de camino a ofrecerle su ayuda. No hay otro apartamento al que vayan más niños, de esos sudados de tanto mataperrear, en busca de agua para calmar la sed. No hay otro teléfono que tantos conozcan su número, pese a que él no sepa sus nombres. No hay otra puerta en la que esperen tantos gatos.
Casi le han dejado la tarea de cebar el motor en la mañana, para encender la turbina, y la de hacer la caldosa del CDR. Igual le lleva las jabas a la muchacha que sube las escaleras, le cuida la bicicleta al vecino del tercer piso, le alegra la vida con una décima halagadora a una mujer en realidad no tan bella, o comparte su comida con alguien que haya llegado tarde a casa, cansado del trabajo.
Para esa heroicidad de todos los días no existen medallas ni apologías. Ni siquiera hacen falta nombres para que él y sus vecinos se reconozcan.
Pero cuando estuvo en cama, recuperándose de la operación, de aquí y de allá acudieron a saber de él, a tomar la cocina por asalto y entregarle juntas ayuda y gratitud. El mejor discurso fue una sopa de gallina; la mejor medalla, el cariño de decenas de personas.

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Acerca de Joel Mayor Lorán

Soy un romántico como Jean Valjean (el héroe de Los Miserables). Disfruto cuando hago un bien, como quería Martí. Soy un profesor sin título que hace crecer el bichito del Periodismo en quienes ya lo tienen en las venas. Y aún quiero a la gente con el cielo y otras armas en desuso. Soy un Aries que tiene todo de Piscis. Amante de la lectura y la música en cualquier idioma. Me gusta la sinceridad y la osadía. Me encanta escalar e ir a caminatas. Tengo el deseo no realizado aún de ser paracaidista. Además, me gustaría unir a este blog a otros que crean en la utopía, el amor y la amistad.
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