Sus propias aventuras

A ningún fiñe de mi generación le hizo falta un traje negro completo de no sé cuantos CUC para convertirse en El Zorro, ni una espada muy sofisticada para ser un mosquetero. A algunos sus papás les fabricaron ballestas con madera y una liga, para ser Guillermo Tell; otros buscaron un gajo cualquiera y armaron su arco de Robin Hood. Era la época en que por nada del mundo nos perdíamos las Aventuras.

Cuando comenzaba otra, cambiábamos de personaje: de El Corsario Negro a Los Incapturables, de Enrique de Lagardere a El Halcón. Todavía no estaba invadido el espacio por series juveniles tan inteligentes y ajenas a la grey infantil como las de hoy.

¡Vaya contradicción: aún consideramos feos aquellos muñecos de palo de Tía Tata Cuenta cuentos, pero los extrañamos, porque no podíamos escapar a la seducción ingenua y mágica de aquellas Aventuras en la cima del mundo, de El Viejo Djin Jottabich, El Mago de Oz o Pepe Pan!

Así que salíamos de casa, a continuar viviendo aquella fantasía entre todos los muchachos del barrio, sin avisarnos con un SMS por el móvil ni nada parecido.

Lo peor es que desaparecieron las Aventuras, y llegaron las computadoras, el DVD, los ipod, playstation y otras diversiones tecnológicas.

¿Ciencia contra nostalgia? Ni hablar. De hecho he notado cómo los juegos que copiamos en las memorias flash desarrollan habilidades en mi pequeño de cinco años, tanto en cuestiones de informática como en el conocimiento de las matemáticas. Pero ¿y la inocencia? ¿Y la imaginación?

Por eso también llevo a mis niños a montar el trencito, la canal y el cachumbambé, y les regalo colores y plastilinas, juegos de piezas para armar, pelotas y soldaditos (aunque sean cowboy o fusileros del Ejército Rojo, porque ni entonces ni ahora los hay con machetes y el ala del sombrero doblada justo al frente, como Elpidio Valdés).

Verlos construir edificios, castillos, puentes, estaciones de trenes… con las piezas sobrevivientes de un estuche y de otro, me devuelve la esperanza de que la fantasía sigue siendo poderosa, y los juegos programados no han conseguido sustituir un buen duelo de espadachines, un desafío a los escondidos, un jonrón y un gol de verdad, o un carrito que hacen escalar muebles y paredes.

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Acerca de Joel Mayor Lorán

Soy un romántico como Jean Valjean (el héroe de Los Miserables). Disfruto cuando hago un bien, como quería Martí. Soy un profesor sin título que hace crecer el bichito del Periodismo en quienes ya lo tienen en las venas. Y aún quiero a la gente con el cielo y otras armas en desuso. Soy un Aries que tiene todo de Piscis. Amante de la lectura y la música en cualquier idioma. Me gusta la sinceridad y la osadía. Me encanta escalar e ir a caminatas. Tengo el deseo no realizado aún de ser paracaidista. Además, me gustaría unir a este blog a otros que crean en la utopía, el amor y la amistad.
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