¿Otra vez civilización contra barbarie?

Pudieran enfrentar al ejército más temerario, o al ébola, e involucrarse en las más grandes batallas por el destino de su país o de la humanidad. Pero no encaran con la misma decisión a quien les rompe de a poco el presente, a quien destruye la ciudad que nos empeñamos en hacer florecer.

Al vándalo, al inconsciente, al irreflexivo… nadie se le suele plantar delante para impedirle sus tropelías. Lo he podido comprobar desde niño; sin embargo, ahora parece más crucial el desafío, quizás porque hemos visto nacer a la nueva Artemisa y le prodigamos un cariño especial.

Hace poco estaba sentado en el Coppelia, en espera del helado, cuando observé algo insólito: un montacargas usaba los portales de la añeja cremería para trasladar pesados sacos de cemento hasta la tienda La Mina de Oro.

¿Cómo era posible tamaña irresponsabilidad? Me incomodé en mi asiento, pero vacilé. Estaba indignado e indeciso a la vez. Sin embargo, tendría una nueva oportunidad: lo presentí. Comencé a atisbar hasta que… ahí regresaba el vigoroso carro a encaramarse sobre las ancestrales baldosas, como si nada.

Pedí a quienes compartían la mesa conmigo que me cuidaran el turno, y salí a evitar aquel acto bárbaro. Sin pensarlo más, me paré delante del montacargas. Mi actitud no fue arrogante, sino todo lo contrario: le expliqué al chofer que yo no era más que un ciudadano común, preocupado por cuidar lo nuestro; ni siquiera le exigía, lo invitaba a meditar si semejante “comodidad” le parecía bien.

Probablemente el humilde hombre no era el principal culpable. Seguro me tomó por loco o, cuando menos, entrometido. Yo apelé apenas al valor de la razón: supongo que su empresa debe buscar otro método para introducir la mercancía en la tienda, ya sea emplear estibadores o montar una rampa directa al interior.

Lo cierto es que —de alguna manera— me entendió y, mientras estuve saboreando mi helado, no volvió a pasar. ¿Después? No sé. Prefiero pensar que la razón tiene un poder magnífico, y convence, con los argumentos precisos.

¿Quién tiene que emprender contiendas como esa? Los trabajadores del local, los inspectores, la policía… y nosotros, quienes presenciamos tales atrocidades. Sucede con las farolas que iluminan el camino al complejo recreativo Los Laureles, con los gimnasios y los parques.

Ante la vista de cientos de transeúntes, por estos días un grupo de jóvenes jugaba pelota en el pequeño parque La Edad de Oro, en pleno corazón de la ciudad, y usaba como receptor a una de las paredes: la bola golpeaba una y otra vez sobre el mural que algún artista de la plástica obsequió a Artemisa, para embellecerla.

Señalarles cuán incorrecto resulta su juego “inocente” haría que nuestro amor por la ciudad no fuese un sentimiento platónico, sino la determinación de cuidarla y plantarle cara a quien la dañe.

Anuncios

Acerca de Joel Mayor Lorán

Soy un romántico como Jean Valjean (el héroe de Los Miserables). Disfruto cuando hago un bien, como quería Martí. Soy un profesor sin título que hace crecer el bichito del Periodismo en quienes ya lo tienen en las venas. Y aún quiero a la gente con el cielo y otras armas en desuso. Soy un Aries que tiene todo de Piscis. Amante de la lectura y la música en cualquier idioma. Me gusta la sinceridad y la osadía. Me encanta escalar e ir a caminatas. Tengo el deseo no realizado aún de ser paracaidista. Además, me gustaría unir a este blog a otros que crean en la utopía, el amor y la amistad.
Esta entrada fue publicada en artemisa, Cuba, educación y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s